Publicado en: El Comercio
La campaña electoral aún no calienta en el debate público, pese a que en las organizaciones políticas la agitación toma ritmo, buscando armar las planchas presidenciales y listas parlamentarias (el reclutamiento del 20% de invitados resulta fundamental).
A falta de ocho meses para votar, las encuestas dicen poco sobre quién ganará, mientras expresan mucho sobre la debilidad de los liderazgos políticos, ya que nunca tuvimos preferencias tan bajas por los candidatos a esta altura de la carrera electoral. En el pandémico invierno previo a la elección de Pedro Castillo, las encuestas destacaban a Forsyth, Urresti y Fujimori. Distinto fue lo que ocurrió en el 2016, 2011 y 2006, cuando los ganadores –Kuczynski, Humala y García– no fueron sorpresivos.
Los contextos electorales cambian y el ánimo ciudadano también. El 2026 tendrá elementos comunes con el proceso del 2006, que hasta ahora tiene el récord de más candidaturas. Asimismo, nuevamente coinciden en el mismo año las elecciones municipales y regionales, que para varios partidos tienen prioridad sobre las parlamentarias y presidenciales. Por otro lado, si bien el “saliente” Toledo del 2006 mejoró considerablemente su aprobación el último año (con un PBI creciendo al 7%), compartía con Boluarte el repudio popular durante su gestión, algo asociado principalmente a la frivolidad, indolencia y sus mentiras burdas. ¿Será que otra vez los votos terminarán concentrándose en tres candidaturas, como ocurrió en el 2006 con Humala, García y Flores, que sumaron el 79% de los votos válidos, o en el 2016 entre Fujimori, Kuczynski y Mendoza, a diferencia del limitado 44% que sumaron Castillo, Fujimori y López Aliaga en el fragmentado 2021?
Los perfiles presidenciales ideales pocas veces coinciden con la realidad y las motivaciones del voto son muy complejas y emocionales como para limitarlas a una objetiva infografía. Recuerdo detallados estudios sobre la demanda por alguien que domine asuntos económicos antes del triunfo de Castillo, o la búsqueda de liderazgos jóvenes, antes de la victoria de Kuczynski. Hoy la mayoría demanda un liderazgo fuerte y dispuesto a actuar con mano dura, experiencia profesional y sin denuncias de corrupción, aunque los votos llegarán asociados a la ilusión, miedo, revancha y confianza que inspiren las candidaturas, no por las hojas de vida que puedan sustentar los perfiles deseados.
Varios candidatos ya iniciaron sus campañas y cabe preguntarnos: ¿quién será el preferido de China, nuestro mayor socio comercial? ¿Por quiénes apostarán con mayores recursos los mineros ilegales o qué candidatos cosecharán el voto de los impedidos legalmente de postular, como Antauro Humala, Pedro Castillo o Martín Vizcarra? Estas preguntas son importantes para comprender la dinámica proselitista, que por el momento es fría y avanza entre la neblina.
Con tantos partidos y candidatos, es razonable que la población desconozca a la gran mayoría. Eso difícilmente se resolverá. Las cosas siempre pueden ponerse peor. Pero dejo el pesimismo para tiempos mejores: estamos a tiempo de informarnos y cuestionarnos con miras a elegir gobernantes más capacitados, empáticos y honestos que los actuales. La valla es muy baja; toca hacer algunas tareas para superarla.


